QUERIDO AMIGO

Querido amigo:

cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es!

Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila.

Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas.

Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación.

Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol.

Un saludo.

El Principito.

jueves

¿TENGO QUE ESPERAR A QUE EL SOL SE PONGA? ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS ESPINAS?

¡Ah, principito! Así poco a poco, comprendí tu pequeña vida melancólica. Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Me enteré  de este nuevo detalle, en la mañana del cuarto día, cuando me dijiste:
-Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol...
-Pero tenemos que esperar...
-¿Esperar qué?
-Esperar a que el sol se ponga.
Al principio pareciste sorprendido; luego te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-¡Me creo siempre en mi casa!
En efecto. Todo el mundo sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos, el sol se pone en Francia. Bastaría llegar a Francia en un minuto para ver la puesta de sol. Desgraciadamente, Francia está demasiado lejos. Pero sobre tu pequeño planeta te bastaba con mover tu silla algunos pasos. Y contemplabas el crepúsculo cada vez que lo querías.
-Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces.
Y poco después agregaste:
-¿Sabes?... Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol...
-¿Estabas, pues verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces?
El principito no respondió.


Durante el quinto día, siempre gracias al cordero, me fue revelado otro secreto de la vida de mi amigo. Me preguntó bruscamente y sin preámbulos:
-Si un cordero come arbustos, ¿come también flores?
-Un cordero come todo lo que encuentra.
-¿Hasta las flores que tienen espinas?
-Sí. También las que tienen espinas.
-Entonces, las espinas, ¿para qué sirven?
Yo no lo sabía. Estaba además muy ocupado intentando destornillar una pieza de mi motor demasiado ajustada. Estaba preocupado por el estado de mi avión y el agua de beber que se agotaba me hacía temer lo peor.
-Las espinas, ¿para qué sirven?
El principito jamás  renunciaba a una pregunta, una vez que la había formulado. Yo estaba irritado por mi bulón y respondí cualquier cosa:
-Las espinas no sirven para nada. Son pura maldad de las flores.
-¡Oh!
Después de un silencio me largó,  con cierto rencor:
-¡No lo creo! Las flores son ingenuas y débiles. No tienen maldad y se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.
Nada respondí. Me decía para mí: "Si esta pieza aún resiste, la haré saltar de un martillazo". Interrumpiendo nuevamente mis reflexiones, el Principito dijo:
-¿Y tú, tú crees que las flores...?
-¡Pero no! ¡Yo no creo nada! -Le respondí cualquier cosa. -¡Yo me ocupo de cosas serias!
Asombradísimo me observaba el principito.
-¡Cosas serias, eh! ¡Hablas como las personas mayores!
Me miró estupefacto.
Me avergonzó un poco. Pero, despiadado, agregó:
-¡Confundes todo! ¡Mezclas todo!
Estaba verdaderamente irritado. Sacudía al viento sus cabellos dorados.
-Conozco un planeta donde habita un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más  que sumas y restas. Y todo el día repite como tú: "¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!" Se infla de orgullo. Pero no es un hombre; ¡Es un champiñón!
-¿Un qué?
-¡Un champiñón!
El principito estaba ahora pálido de cólera.
- Hace millones de años que las flores fabrican espinas.Hace millones de años que los corderos se comen igualmente a las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores se esfuerzan en fabricar  espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas  de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es importante que yo conozca  una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un cordero puede aniquilar una mañana, así, de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? Esto, ¿no es acaso importante?
Enrojecido  y agregó:
-Si alguien  ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira las estrellas. Se dice: "Mi flor está allí, en alguna parte..." Y si el cordero come la flor, para él es como, si de pronto, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?
No pudo decir nada más. Estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas. No me importaban ni el martillo, ni la pieza, ni la sed, ni la muerte. En una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra,  había un principito que necesitaba consuelo. Lo tomé entre mis brazos. Lo acuné. Le dije: "La flor que amas no corre  peligro... Dibujaré un bozal para tu cordero. Dibujaré una armadura para tu flor... Di..." No sabía que decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo llegar a él, dónde encontrarlo... ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas...!

Aprendí bien pronto a conocer mejor a esa flor. En el planeta del principito siempre había habido flores  muy simples, adornadas con una sola hilera de pétalos, que apenas ocupaban lugar y que no molestaban a nadie. Aparecían una mañana entre la hierba y se extinguían por la noche. Pero aquella había germinado un día de una semilla traída no se sabe de dónde y el principito había vigilado muy de cerca, a esa brizna que no se parecía a las otras briznas. Podía ser un nuevo tipo de baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a elaborar una flor. 
El principito, que asistió a la formación de un capullo enorme, sentía que iba a surgir una aparición milagrosa, pero, al abrigo de su cámara verde, la flor  no terminaba de prepararse. Elegía con  cuidado sus colores. Se vestía lentamente y ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir llena de arrugas como las amapolas. Quería aparecer con el pleno resplandor de su belleza. ¡Ah!, ¡si! ¿Era  muy coqueta! Su misterioso atavío había durado días y días. Y he aquí que una mañana, exactamente a la hora de la salida del sol, se mostró.
Y la flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo en medio de un bostezo:
-Ah!, acabo de despertarme... Perdóname...Todavía estoy despeinada...
El principito entonces no pudo contener su admiración. 
-¡Qué  hermosa eres!
-¿Verdad? -respondió suavemente la flor- Y he nacido al mismo tiempo que el sol...
El principito notó que era muy poco modesta, ¡pero era tan conmovedora!...
-Creo que es hora del desayuno-dijo la flor- ¿Tendrías la bondad de acordarte de mí?
Y el principito, confuso, tomó una regadera llena de agua fresca y sirvió a la flor.
Así lo atormentó bien pronto con su vanidad un poco sombría. Un día, por ejemplo, hablando de las cuatro espinas, dijo al principito:
-¡Ya pueden venir los tigres con sus garras!

-En mi planeta no hay tigres, y además, los tigres no comen hierba-argumentó el principito.
-Yo no soy una hierba-respondió suavemente la flor.
-Perdóname...
-No temo a los tigres, pero siento horror a las corrientes de aire. ¿No tendrías un biombo?
"Horror a las corrientes de aire... No es una suerte para una planta-pensó para sí el principito- Esta flor es bien complicada..."
-Por la noche me meterás en un globo. Aquí hace mucho frío. Hay pocas comodidades. Allá, de donde vengo...
Pero se interrumpió. Había venido bajo la forma de semilla. No había podido conocer nada de otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender en la preparación de una mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces como para poner en falta al principito.
-¿Y el biombo...?
-¡Lo iba a buscar, pero como me estabas hablando!...
Entonces la flor  forzó la tos para infligirle, aun así, remordimientos.
De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía muy desgraciado.

"No debí haberla escuchado -me confió un día-; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello. La historia de las garras, que tanto me había fastidiado, debe  de haberme enternecido..."
Y me confió aún:
"No supe entonces comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo demasiado joven para saber amarla."

Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres. La mañana de la partida puso bien en orden su planeta. Deshollinó cuidadosamente los volcanes en actividad. Poseía dos volcanes en actividad. Era muy cómodo para calentar el desayuno. Poseía también un volcán extinguido. Pero, como decía el principito,  "¡nunca se sabe...!"  Deshollinó igualmente el volcán extinguido. Si se deshollinan regularmente los volcanes, pueden evitarse las erupciones. Evidentemente, en nuestra tierra, somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes. Por eso  nos causan tantos disgustos.
El principito arrancó  también, con un poco de melancolía,  los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver jamás. Pero todos estos trabajos cotidianos le parecieron extremadamente agradables esa mañana. Y cuando regó  por última vez la flor, y se dispuso a ponerla al abrigo de su globo, descubrió que tenía deseos de llorar.
-Adiós-dijo a la flor.
Pero la flor no le contestó.
-Adiós-insistió el principito.
La flor tosió. Pero no  por el resfriado.
-He sido tonta-murmuró al fin- Te pido perdón. Procura ser feliz.
Quedó sorprendido por la ausencia de reproches. Permaneció allí, desconcertado,  con el globo en la mano. No comprendía esa calma mansedumbre.
-Pero si te quiero-le dijo la flor- No has sabido nada, por mi culpa. No tiene importancia. Pero has sido tan tonto como yo. Deja el globo en paz. No lo quiero más.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada... El fresco aire de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Pero los animales...
-Es necesario soportar dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. ¡Parece que es tan hermoso! Si no, ¿quién habrá de visitarme? Tú estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no les temo. Tengo mis garras. 
Y mostró ingenuamente sus cuatro espinas. Luego dijo:
-No te detengas más, es molesto. Has decidido partir. Vete.
Pues no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa...

TERCERA CARTA


Queridos amigos:
¡Cuánto me complace saber que el problema de mis baobabs también os preocupa a vosotros! Cuántos más sepamos del peligro que pueden suponer los baobabs para un pequeño planeta, más fácil será la existencia en  el universo.
Ya sabéis cómo inicié mi viaje... fue divertido viajar a la velocidad de los pájaros...
¿Y mi rosa¿ ¿Qué os parece? ¿Cómo pensáis que pasó los días sin mi, cómo fue capaz de cuidarse?
Espero vuestras cartas.
Un saludo.


El principito.

RESPUESTAS A LA SEGUNDA CARTA

Querido Princito:
Me imagino que tu planeta es pequeño, bonito y que en él viven pocas personas.
Pienso que pudiste llegar a la Tierra en un cohete espacial.
No puedo ayudarte a recoger fruta porque los baobabs son muy altos.
Adiós, hasta la próxima.

Jésica.



Querido Principito:
Me imagino tu mundo como un prado verde con flores y pequeñas casas. Creo que viniste  la Tierra metiéndote en un cañón y saliste disparado hacia aquí. A lo mejor si talas los baobabs os queda leña para calentaros.
Un beso.

Silvia.


Querido Principito:
Me imagino tu planeta redondo, gris, con mucha arena y con muchas estrellas rodeándote, pequeñito como una pasa. ¡Estoy deseando ir a verte! Para contarte varias cosas que pasan en mi cole.
Yo creo que llegaste a la Tierra en un plátano volador, en realidad es como un avión con asientos, pero en este solo hay uno para ti. ¡Qué diver!
Y ¿cómo arreglaría tu problema? Dándoles a beber a los árboles una poción que te enviaré por carta para que no crezcan más y que disminuyan su tamaño.
Un saludo.
Hasta la próxima carta.

Tu amiga, Ángela.


Algunas de las naves que nos imaginamos...





martes

¿DE QUÉ PLANETA ERES? ¿PARA QUÉ QUIERES UN CORDERO?

No fue tarea fácil comprender de dónde venía. El principito me acosaba a preguntas y no parecía preocuparse demasiado por las mías. Muy lentamente y a través de algunas palabras emitidas al azar, es como pude poco a poco enterarme de todo. Al ver por primera vez mi avión (al que no dibujaré por ser algo complicado para mí), me preguntó:
-¿Qué es esta cosa?
-No se trata de una cosa. Vuela. Se llama avión. Es mi avión.
Sentí orgullo al hacerle saber que volaba. Entonces exclamó:
-Entonces ¿has caído del cielo?
-Sí-dije humildemente.
-¡Ah! ¡Qué gracioso!...
El principito soltó una magnífica carcajada que me irritó mucho. Deseo que se tomen en serio mis desgracias.
Inmediatamente agregó:
-Entonces, ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres?
Entreví rápidamente una luz en el misterio de su presencia  y pregunté bruscamente:
-¿Vienes, pues de otro planeta?
Pero no me respondió. Meneaba la cabeza muy suavemente  mientras miraba mi avión:
-En esto..., no puedes haber venido de muy lejos...
Y se hundió en un ensueño que duró largo tiempo. Luego, sacó el cordero del bolsillo contemplándolo ensimismado.
Imaginaos cuánto pudo haberme intrigado esta semiconfidencia acerca de los "otros planetas". Me esforcé por saber algo más:
-¿De dónde vienes, hombrecito? ¿Dónde queda tu casa? ¿Adónde quieres llevar mi cordero?-pregunté al hombrecito.
Después de meditar en silencio, respondió:
-Me gusta la caja que me has regalado porque de noche le servirá de casa.
-Seguramente. Y si eres amable también te daré una cuerda para atarlo durante el día. Y una estaca.
La proposición pareció disgustar al principito:
-¿Atarlo? ¡Qué idea  tan rara!
-Pero si no lo atas se irá a cualquier parte y se perderá...
Mi amigo tuvo un nuevo estallido de risa:
- Pero, ¿adónde quieres que vaya?
-A cualquier lugar. Derecho, siempre adelante...
Entonces el principito observó gravemente:
-¡No importa! ¡Mi casa es tan pequeña!
Y con un poco de melancolía,quizá, agregó:
-Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos...
Supe así una segunda cosa muy importante. ¡Su planeta de origen era apenas más grande que una casa!
Tenía conocimiento, que fuera de los grandes planetas conocidos como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus,  que tienen nombre, hay centenares de planetas, a veces tan pequeños que apenas pueden ser vistos a través de un telescopio.
Cuando un astrónomo descubre alguno, lo identifica con un número por nombre. Lo llama, por ejemplo: "asteroide 3251".
Tengo serias razones para creer que el planeta de donde venía el principito es el asteroide B 612. Sólo ha sido visto una vez con el telescopio, en el año 1909, por un astrónomo de origen turco.
El astrónomo hizo, entonces, una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó por culpa de su vestido. Las personas mayores son así.
Felizmente para la reputación del asteroide B612, un dictador turco obligó al pueblo, bajo  pena de muerte, a vestirse a la europea. El astrónomo repitió una demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez, todo el mundo compartió su opinión.
Si os referido estos detalles  acerca del asteroide B 612  y si os he confiado su número es por las persona mayores. Las personas mayores aman las cifras. Cuando les habláis de  un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial: "¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?" En cambio  os preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?". Sólo así creen conocerle.
Si decís a las personas mayores: "He visto una magnífica casa construida con ladrillos rojos, geranios en las ventanas y palomas en el techo...", no podrán imaginarse la casa. Es necesario decirles: "He visto una casa de cien mil francos."  Entonces exclaman: "¡Qué hermosa es!"
Si les decís: "La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de su existencia", se encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. En cambio si les dices: "El planeta de donde venía es el asteroide B 612", quedarán convencidos y no formularán más preguntas sobre esta cuestión. Son así, no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero, claro está, nosotros que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Hubiera deseado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera  deseado decir:
"Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía la necesidad de un amigo..." Para quienes comprenden la vida les habría parecido mucho más cierto.
Pero no me gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena relatar estos recuerdos!. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido esta oportunidad. Y puedo transformarme como las mayores que no se interesan más que en las cifras. Por eso he comprado una caja de lápices de colores. Es penoso tomar  nuevamente el dibujo,  a mi edad, cuando no se ha hecho más tentativas que la de la boa cerrada y la de la boa abierta,  a la edad de seis años. Trataré, por cierto, de hacer los retratos lo más parecidos posible. Pero no estoy enteramente seguro de tener éxito. Un dibujo va, y el otro se parece más. Me equivoco también  en la talla. Aquí el Principito es demasiado alto. Allí es demasiado pequeño. Vacilo, también acerca del color de su vestido. Entonces ensayo de una manera u otra, bien que mal. He de equivocarme, en fin, sobre ciertos detalles más importantes. Pero habrá de perdonárseme. Mi amigo jamás daba explicaciones. Quizá no me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas mayores. Debo haber envejecido.



Cada día sabía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida, sobre el viaje. Al  tercer día me enteré del drama de los baobabs.
Fue gracias al cordero, pues el principito me preguntó inquieto, como asaltado por una gran duda:
-¿Es verdad, no es cierto, que los corderos comen arbustos?
-Sí. Es verdad.
-¡Ah! ¡Qué alegría me da saberlo!
No comprendí por qué era tan importante que los corderos comiesen arbustos. Pero el Principito agregó:
-¿De manera que comen también baobabs?
Recordé al principito que los baobabs no son simples arbustos, sino grandes árboles y que aún llevando consigo una tropilla de elefantes, no acabarían con un sólo baobab.
La imagen de tropa de elefantes, hizo mucha gracia al principito:
-Habría que ponerlos unos sobre otros...
Luego observó sabiamente:
-Los baobabs, antes de crecer, comienzan siendo pequeños.
-¡Es cierto! Pero ¿por qué quieres  que tus corderos coman baobabs pequeños?
Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!", como si ahí estuviese la prueba. Y necesité un gran esfuerzo   de inteligencia para comprender por mí mismo el problema.
En efecto,  en el planeta del principito, existían hierbas buenas y de las malas que resultaban naturalmente de semillas buenas y de malas semillas. Ocurre que las semillas son invisibles y duermen en el secreto de la tierra hasta el instante en que a una de ellas se le ocurre despertarse. Lentamente comienza a estirarse creciendo tímidamente hacia el sol. Si se trata de una planta mala, se la debe arrancar inmediatamente, en cuanto se la reconoce como tal.
Precisamente en el planeta del principito, había semillas terribles. Eran las de los famosos baobabs. Podría decirse que el suelo estaba infestado. Si un baobab no es arrancado a tiempo, ya no es posible luego. Invade y perfora con sus raíces todo el planeta, pudiendo así producirse un estallido.
"Es cuestión de disciplina", decía el Principito. "Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, debe proceder cuidadosamente a la limpieza y orden del planeta. Hay que arrancar con regularidad a los baobabs en cuanto se los distingue entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. El trabajo es fácil, pero muy aburrido".
Me aconsejó un día, que me aplicara a lograr un hermoso dibujo, para que entrara bien en las cabezas de los niños de mi tierra. "Si algún día viajan- me decía- podrá serles útil. A veces no hay inconveniente en dejar el trabajo para más tarde. Pero, si se trata de los baobabs, es siempre una catástrofe. Conocí un planeta habitado por un perezoso. Descuidó tres arbustos..."
Dibujé aquél planeta según las indicaciones del principito.
Me desagrada ser moralista; pero verdaderamente el peligro de los baobabs es poco conocido y los riesgos por quien pudiera llegar a extraviarse en algún asteroide son tan importantes, que, en una excepción que me permito, salgo de mi reserva y os digo: "¡Niños, cuidado con los baobabs!"
Trabajé largo rato sobre el dibujo, a fin de prevenir a mis amigos de semejante peligro. Quizá os preguntéis: "¿Por qué no hay en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el de los baobabs?" La respuesta es que intenté hacerlos pero sin éxito. En cambio con los baobabs, lo que me impulsó fue sencillamente la urgencia.




SEGUNDA CARTA


Queridos amigos:
¡Ha sido hermoso recordar las noches de aquel amado desierto! Desde mi pequeño hogar aún tengo necesidad de ver ponerse el sol... Pero mi planeta ¡es tan pequeño...! Me gustaría saber cómo os lo imagináis, cómo pensáis que pude llegar a la Tierra... Pronto sabréis de mis graves problemas: mis baobabs, mi rosa, mis volcanes... Desde allí,  ¿me podréis ayudar?
Un saludo.


El Principito.


LOS BAOBABS









RESPUESTAS A LA CARTA PRIMERA

Querido Principito:
Te escribo esta carta para responder a tus preguntas y para hablar un ratito contigo. Los aviones vuelan gracias a la forma que tienen para que el aire no choque y también por los motores que ejercen movimiento.
Los animales que hay en el desierto son muy graciosos, sobre todo los que se camuflan, beben oca agua y aguantan el calor por el día, ya que por la noche no hace como parece, hace mucho frío, porque la temperatura baja mucho, con lo cual es raro. Creo que ya te he contestado  a todas tus preguntas y espero que te sirvan de algo.

Adiós, nos vemos en la próxima carta.

Tu amiga Ángela.



Algunos de nuestros corderos:






Querido Principito:
Te voy a responder: los aviones vuelan porque llevan motores que los impulsan hacia arriba y el avión está rodeado de aire que hace que viaje en línea recta. El día en el desierto es muy caluroso y las noches muy frías. Si alguna vez vuelves al desierto te recomiendo que te traigas muchos abrigos.

Me encantaría conocerte.

Silvia.